martes, 7 de junio de 2011

Bitácora de una breve visita, un poco más allá...

Por el profesor Carlos Ravina*

Los días 3, 4 y 5 de junio del año en curso, se desplegó en Buenos Aires un variadísimo e intenso intercambio en torno de las posibles intervenciones, en aula y en consultorio, en favor de un abordaje de los problemas que se les presentan a los niños que, antes que nada, escuchara lo que ellos tienen que decir, cómo lo dicen y tomando en cuenta lo que para ellos significan esos testimonios.
No sólo hubo ateneos clínicos, sino también talleres, conferencias magistrales, exposición de arte sobre cuestiones conexas, exhibición de "posters" sobre desarrollos en varios países de Latinoamérica, exhibición y venta del catálogo completo de NOVEDUC, especializada en cuestiones pedagógicas (cuatro de esos libros son parte hoy de nuestra biblioteca) y un cierre de la orquesta de niños y adolescentes de Retiro (una de las siete que convocan cotidianamente a 1.700 menores a participar de la música sinfónica).
Quería compartir con mis colegas apenas dos aspectos. El primero, el grado de profesionalismo puesto en escena que combinó la incisiva mirada interpeladora con una gran humildad de quienes la pusieron a disposición de todos. El segundo aspecto, el altísimo grado de coherencia y de congruencia de los marcos teóricos implicados, lo que resultó evidentísimo por el uso de una terminología muy precisa y llanamente compartida en un entorno en que más de 1300 personas estuvieron dispuestas a no asustarse ante lo desconocido.
Me pregunto si los colegas del Nivel terciario podrríamos interesarnos en aspirar a otro tanto: producir marcos teóricos consistentes asentados en evidencia contemporánea sistemáticamente relevada y capacidad para el intercambio profesional en torno de esos contenidos.

* El profesor Carlos Ravina es profesor titular de las cátedras Formación Musical General II - III, Práctica Vocal e Instrumental II - III, Audioperceptiva I y Ensamble Clásico de la TSI.

lunes, 9 de mayo de 2011

Músicos Sociales

Por el profesor Jorge Centeno*

Muchas veces nos preguntamos ¿Cuál es la función del músico en la sociedad? Y desde ya que empiezan a surgir respuestas en múltiples direcciones. Pero cuando escuchamos a artistas como Miguel Ángel Estrella, quien el pasado sábado 16 de marzo visitó la ciudad de Córdoba en el marco del Programa Derecho a la Cultura que lleva a cabo  la Secretaría de Extensión de la UNC, se nos presentan nuevos horizontes y alcances de nuestra actividad, que están más ligadas a los Derechos Humanos, y a funciones de ayuda humanitaria.
            En aquella oportunidad se organizó una charla debate con este distinguido pianista tucumano, que giró en torno al rol que como Embajador de Buena Voluntad en la UNESCO, desarrolla desde 1980. Estrella luchó toda su vida por el acceso a la música de las clases sociales más desfavorecidas. Para poder llevar adelante estas inquietudes, creó la fundación “Música Esperanza” cuyos objetivos son facilitar el acceso a la música, crear lazos entre las diferentes comunidades y defender la dignidad humana. También pudimos escuchar distintas experiencias surgidas a partir de la formación de  la Orquesta para la Paz, integrada por 45 jóvenes músicos de origen judío y musulmán, con la misión de bregar por la unidad y la pacificación de esa región que se encuentra en permanente conflicto bélico.
            Pero sobre todo queríamos destacar la realización de un antiguo proyecto del músico, que trata de la formación de “Músicos Sociales”, cuyo principal objetivo, es el de poder formar músicos que estén preparados para llevar adelante proyectos educativos y culturales en contextos de marginalidad, como los son las cárceles, los sectores más humildes de la sociedad, o los Hospitales Neuropsiquiátricos, por citar a algunos. “En los tiempos en que vivimos -explica- nos hemos vuelto muy individualistas y la ausencia de proyectos colectivos no ayuda. Creo que es necesario formar artistas con espíritu social. Cuando yo iba al conservatorio se buscaba ser genio o ser rico y famoso, todas cosas que dañan el alma del ser humano y estimulan la competencia absurda entre colegas”. Profundizó sobre todo en el tema de lo necesario que es formar músicos capacitados para trabajar en estos contextos, ya que veía a menudo, como se frustraban los trabajos de los tallerístas de Música Esperanza, por carecer de formación pedagógica, antropológica y sociológica a la hora de abordar este tipo de trabajos.
            No fue fácil encontrar financiadores para el proyecto de “músicos sociales”. Pero después de mucho andar, una fundación suiza se hizo cargo. “Diplomamos 30 jóvenes, 28 son aborígenes, chicas y chicos que eran agricultores. Hoy todos tienen trabajo. Nuestra filial más fuerte está en Tilcara  (Quebrada de Humahuaca), en el norte de Argentina”, cuenta. 
            Un proyecto parecido se está por implementar junto con las Madres de Plaza de Mayo en la ESMA, la Escuela de Mecánica de la Armada que funcionó en Buenos Aires como un campo de detención y tortura de los militares de la dictadura y ahora transformada en un museo. Se está organizando una escuela y un taller experimental de música para niños maltratados, contó Estrella.
            El proyecto de formación de Músicos Sociales, está por ser acuñado en la Universidad de La Plata, y al parecer habría otras instituciones educativas en la Argentina que se interesan por dictar esta tecnicatura. 

* El profesor Jorge Centeno es profesor titular de Bajo en la TSI y titular a término de la cátedra Composición I correspondiente al Espacio de Definición Institucional del Profesorado de Música.

miércoles, 6 de abril de 2011

Audioperceptiva en el siglo XXI... preguntas necesarias

Por el profesor Carlos Ravina
Titular de Formación Musical II y III, Ensamble Clásico y Audioperceptiva I de la TSI

De aquella Teoría y Solfeo, que para el modernismo constituyó una eficaz herramienta de formación musical, algunos de cuyos logros ¡hoy no logramos duplicar!, pasamos hacia las ultimas décadas del siglo pasado a Audioperceptiva y, en algunas casas de estudio de avanzada, agregamos Solfeo Moderno con la esperanza de que la revolución didáctica a que quedó reducida esa propuesta pudiera ofrecer lo que está fuera de su alcance otorgar.
¿Cuántas son las personas nacidas desde mediados del siglo XX que realmente han experimentado una legítima articulación entre sus estudios de Audioperceptiva y los avatares de su itinerario profesional sobre el escenario?
¿Podemos tener la pretensión de saber qué enseñar antes de conocer a las personas con las que necesariamente inauguraremos un vínculo intransferible, tanto en la dimensión grupal como en la interpersonal uno-a-uno? Transmitir un legado cultural es el imperativo social sobre el que se basa la educación, pero esa es una intencionalidad muy diferente a la de pretender saber de antemano qué es necesario enseñar para lograrlo. Si determinada selección de contenidos se llegara a constituir en un obstáculo para la necesidad de autoconciencia de mis alumnos ¿no debiera inclinar mi elección en beneficio de esta última?
¿Acaso las manifestaciones de lo social y de lo individual que los alumnos testimonian u ocultan como problemáticas, no nos están alertando sobre su malestar en una cultura cuyos indicios pueden resultarnos indescifrables si sólo apelamos a lo ya naturalizado?
¿Acaso el acto docente puede aspirar a legitimidad alguna si no está deliberadamente inscripto en una conciencia de la Historia, respeto que debería suscitar y hospedar una hermenéutica de sí de cada sujeto?
¿Acaso el anquilosamiento del capital cultural preservado al interior de las escuelas de música argentinas, no está reforzando un habitus que se resiste hoy mismo a toda revisión? ¿No lo atestiguan así los escuálidos logros epistemológicos volcados en los nuevos diseños para los profesorados de música de la provincia de Córdoba después del intenso foro impulsado por la DGES?
¿Acaso no hay una ética que nos insta a destrabar el cepo que lo burocrático-administrativo aplica como control social para la supervivencia de prácticas que siguen promoviendo la comodidad de la repetición de lo conocido? ¿No es ello una reacción a lo desconocido que así obtura el pensamiento en lugar de suscitar el ejercicio de una imaginación radical?
¿Acaso las prácticas de acreditación vigentes son algo más que ritos de pasaje que no necesariamente garantizan la verificación de un saber apropiado por el alumno? ¿Parciales y finales son algo más que la formalización de un pacto social que tranquiliza a alumnos, docentes y al sistema educativo en que estamos inscriptos?
¿Por qué no privilegiar en su lugar la interpelación del sujeto que desea aprender, combinada con una permanente práctica de la devolución, montada ésta sobre el diálogo con el alumno y con el grupo, considerando a la autoevaluación una instancia fundante de la posibilidad de aprender?